lunes, 9 de febrero de 2009

La primera del año

Samadet. Francia. 08-02-2009

Tarde fria. Casi llenos los tendidos

Novillos de Camino de Santiago, parejos y foljos en lineas generales, todos perdieron pezuñas durante la lidia. El primero se apuntilló en el ruedo por partise una mano. El mejor el sexto. Numeros: 18, 5,12 ,11(sob),20,8.

Roman Perez de Caña y oro con remates negros

Silencio y Silencio

Tomasito de Azul marino y oro

Ovación con saludos y Oreja

Mario Girao de Blanco y oro (debuta con picadores)

Silencio y Oreja

Roman Perez demuestra que está listo para la alternativa, pero es un novillero que no dice nada, un pegapases. Se tira a matar muy abajo.

Tomasito, demuestra la voluntad y las ganas que se le esperan a un novillero, con su primero no transmite por la soseria del novillo. Con el complicado quinto lo intenta y pone todo de su parte. Oreja a la voluntad

Mario Girao debuta con picadores, con el del debut quiere agradar pero los nervios le pueden, con el buen sexto, lo intenta y realiza una buena faena pero por debajo del novillo. Mata bien y corta la oreja.

martes, 27 de enero de 2009

Confirmación y consagración históricas de Miguel Ángel Perera


Doble fue la confirmación mexicana del nuevo gran torero, a partir de ahora también consagrado aquí como gran figura porque, si de una parte, se trataba de doctorarse por todo lo alto en la plaza más importante de América, de otra le supuso ratificar que la gravísima cornada que recibió en su dramática y triunfal tarde otoñal de Madrid, mas su larga además de costosa recuperación, lejos de restarle sitio y valor bien quedó ayer demostrado que ambas virtudes las mantiene intactas. Pero es que, además, el cómo remontó Perera una situación tan tremendamente adversa por su pésima suerte con el lote de Barralva que le correspondió y, especialmente, con gran parte del público radicalmente a la contra de su segundo toro al que terminó cortando una oreja valiosísima tras hacerse respetar como excepcional muletero, quedará en los anales de la plaza y para el recuerdo de los presentes. Pero no contento con ello, Perera terminó destapando su abismal tauromaquia regalando sin necesidad un sobrero de Xajay al que cortó el rabo. La tarde fue tan variada como llena de matices positivos y negativos. Entre los primeros y además de la clamorosa actuación ya apuntada del de diestro de Badajoz, un tercer toro con gran clase de la ganadería titular al que el joven José Mauricio cuajó una preciosa e inspiradísima faena y le cortó las dos orejas, la bondad del segundo toro, y lo obediente y encastado aunque no fácil que resultó el sobrero. Y entre lo negativo, lo desigualmente presentado del encierro como asimismo el mal juego que dieron los dos toros anunciados del gran triunfador y otros dos de sus colegas. Manolo Mejía no convenció ni con el bueno ni con el malo, mientras que Mauricio tambien con el sexto que tuvo una lidia muy complicada, perdiendo quizá otro apéndice al fallar con los aceros.

México. D. F. 25 de enero de 2008. Decimoquinta corrida de la temporada. Tarde agradable con un tercio largo de entrada concentrada en los tendidos numerados, unas quince mil personas. Seis toros de Barralva de la rama “Saltillo”, desigualmente presentados y varios en juego. De pobres cabezas los dos primeros y más serios y armónicos los demás salvo el que hizo de quinto, alto y veleto de cuerna pero excesivamente estrecho y vareado por lo que fue muy dura y largamente protestado. Los mejores fueron el segundo y, sobre todo, el tercero que tuvo gran clase por los dos pitones y fue premiado con arrastre lento. Los demás, deslucidos en distintos grados por desrazados, flojos o por ambas cosas aunque todos fueron nobles. Un sobrero lidiado como regalo en séptimo lugar de la ganadería de Xajay, definitivamente asaltillado, cárdeno y cornipaso que resultó tan obediente como encastado aunque embistió a media altura. También fue premiado con arrastre lento. Manolo Mejía (verde tumalina y oro): Estocada delantera desprendida, silencio tras palmas para el toro en su arrastre. Estocada desprendida, pitos sin acritud. Miguel Ángel Perera (turquesa y oro): Pinchazo y estoconazo trasero algo tendido, palmas con saludos. Gran estocada algo trasera, oreja. Gran estocada, dos orejas y rabo. José Mauricio (carmesí y oro): Media estocada efectiva, dos orejas. Dos pinchazos y estocada, ovación. Miguel Ángel Perera y José Mauricio fueron sacados en hombros. En palos destacó Cristián Sánchez.

Si todas las corridas tienen un argumento técnico y otro dramático, este segundo recayó ayer en Miguel Ángel Perera como pocas veces hayamos visto por las complicaciones que le surgieron. Llegó a la México sin mediatizar lo más mínimo, es decir, sin ninguna apoyatura publicitaria aunque con la fama entre los aficionados de acá que se ha ganado la pasada temporada en Europa. De tal modo, ocurrió lo que suele en la Monumental con los debuts de figuras extranjeras todavía no vistas: Que ni mucho menos se llenó la plaza aunque bien fue verdad que los que asistieron fueron aficionados en su mayoría y, consecuentemente, con la intención de medir seriamente al debutante por ver si era verdad o no lo que habían oído hablar de él. Vamos que nada de congratulaciones previas y, aún menos, entusiasmos preconcebidos. En definitiva, que la papeleta no iba a resultarle nada fácil al distinguido neófito y, por consiguiente, que no le iban a pasar ni una, lo mismo que a sus compañeros de terna.

Puestas así las cosas para mejor situarnos en el ambiente, lo primero que tengo que decir es que el toro de la confirmación no fue de recibo ni por trapío ni, luego, por juego. Sin embargo, Perera pudo escuchar por primera vez en su vida los impresionantes olés de esta plaza mientras lanceó en el recibo a la verónica con excepcional juego de brazos, temple sin par y ganándole al toro un paso en cada lance. Rematadamente bien en esta suerte que es la fundamental del toreo de capa. También en un ajustadísimo quite por chicuelinas y tafalleras. Y después a esperar durante un mar de desalientos porque el toro no tenía fuelle ni casta ni, por tanto, transmitió nada de nada. Perera, aunque anduvo en todo momento por encima de las condiciones del animal y, a veces, quien trasmitió fue él – se escuchó gritar "¡mucho torero para ese toro¡" - no caló en la mayoría de los presentes pese a lo intachable de su torear con la máxima pureza, lo que por supuesto, el toro no resistió bien.

La tarde empezó, pues, muy cuesta arriba para Perera y más a sabiendas de que los toros que iban a salir a continuación iban a dar mejor juego simplemente por sus mejores hechuras, como así fue. El segundo, pese a mansear en varas, noble y repetidor sin mayores problemas que cierto descastamiento. Manolo Mejía se lo brindó al gran picador recién y dramáticamente accidentado, Efrén Acosta, y con decir que las ovaciones que el público tributó al brindado fueron las únicas que se escucharon tanto en el momento de brindis como después de muerto el toro, está dicho todo porque Mejía, aunque se compuso y se templó más que en banderillas para las que ya no tiene facultades, toreó tan por las afueras y sin cruzarse una sola vez, que la gente apenas le prestó atención y, encima, se lo recriminaron. Desde luego que no estábamos en día de bromas.

Por el contrario, sí y mucha además de entusiasta atención le prestamos todos al tercer y más joven espada, José Mauricio, quien, tras desilusionarnos como capotero, nos encantó con la muleta en una faena acorde con la gran clase de su estupendo oponente. Gran toro para el hacer el toreo y justo es decir que Mauricio lo bordó literalmente sobre ambas manos con un estilo relajado, sin ninguna exageración, sedoso, bellísimo, como ensimismado y a la vez alegre, elegantísimo además de inspirado y oportuno. Y así se fue arriba, muy arriba la tarde. Pero a Perera le faltaba por torear su otro toro y las espadas siguieron en alto para él. También para Mejía que no dio pie con bola con el cuarto, bastante peor que su anterior enemigo.

En alto y hasta con violento enfado se manifestaron los espectadores cuando vieron salir al quinto de Barralva. Su cuerpo flaco y escurrido no pudo ocultar su veleta cornamenta y mientras más corrió el toro por toda la plaza al tiempo que Perera trataba de fijarlo, más arreciaron las protestas hasta el punto que cualquier posibilidad de triunfar se presentaba imposible. Y qué digo de triunfar, ni siquiera quedar medianamente bien porque, además, el toro fue mirón, probón y de muy incierto embestir por los dos pitones. Y aquí surgió el gran Perera, el Perera inasequible al cualquier desaliento, el Perera ambicioso y supercapaz, el torero con más presencia de ánimo hayamos visto últimamente ante cualquier tesitura por adversa que sea y la de ayer lo fue en grado superlativo.

Ajeno al enojado griterío de la gente, seguro de sí mismo y con la fe que tiene en su ya más que demostrada e infinita capacidad, se puso delante del toro y poco a poco fue haciéndose con él al tiempo que también con el público que, a medida que fue transcurriendo el trasteo, fue convenciéndose del gran torero que estaban viendo sus ojos. Y del tendido surgió otro grito: “¡No hay toro, pero hay torero¡”. Y al dicho siguieron los hechos. El que parecía querer coger a Perera, terminó sometido y subyugado al poder de su mando, sencillamente porque, si mandó, fue porque templó con inaudita seguridad y firmeza. Y las lanzas se convirtieron en cañas. Y los gritos en olés. Y las protestas en ovaciones. Y las ovaciones en una emocionante petición de oreja que fue concedida porque la espada le funcionó a la perfección para superar tanta adversidad.

Superada y más que superada estaba la difícilísima situación. Eso, desde luego. Y para los profesionales y entendidos presentes, sobradamente consumada la hazaña. Pero no para Perera quien, más que querer, ansiaba le vieran en su mejor dimensión y de ahí la sorpresa que, mientras se lidiaba el sexto toro tal como es preceptivo en México, pidiera permiso a la presidencia para regalar un sobrero. Las exclamaciones de júbilo del respetable sucedieron a la vez que las expresiones favorables hacia José Mauricio mientras tuvo que vérselas con el manso sexto que por su mayor impetuosidad fue picado en varios encuentros sin que la gente lo aceptara aunque, una vez parado el animal , Mauricio intentó lucirse con la muleta. Cuestión que medio logró con no poco donaire aunque sin lograr ligar y menor redondear una faena propiamente dicha que, para colmo, no tuvo buen remate con la espada.

Claro que, el cierto desencanto que cundió cuando Mauricio no pudo repetir su triunfo anterior, fue compensado con la ilusión de ver en acción de nuevo a Perera para ver si, por fin, podrían descubrir su mejor y más alta dimensión muletera. Lo quiso Dios poniéndole en sus manos un serio toro de Xajay que, además de obediente, resultó encastado y por ello no fácil. Esto es, con esas dificultades que acrecientan todo lo que se hace a esta clase de animales. Que se entregan si se les domina. Que repiten si no se les quita nunca la muleta de la cara. Que siguen obedeciendo y hasta mejorando en su ir y venir tras el engaño porque se desengañan al no poder alcanzarlo nunca. En definitiva, porque se les templa. Que hasta rodean una y otra vez al torero como si dibujaran sobre la arena con su cuerpo un ocho y hasta un ochocientos ochenta y ocho mientras quien les conduce permanece quieto de pies y solo atento a templar los movimientos de su sus brazos y de sus muñecas.

Asombró por tanto la poderosa a la vez que afiligranada, por momentos inverosímil y para los que nunca le habían visto sorpresiva gran faena de Miguel Ángel Perera que se complació no solo en recibir al toro con tres angustiosos y luminosos pases cambiados, sino en alternar el mejor y más intensamente ligado toreo en redondo con la derecha y al natural en sucesivas suertes contrarias que profundizaron la obra en el tiempo y en el espacio pese a lo poco o nada que se movieron los pies del torero, finalmente feliz y radiante tras recetar una estocada entera en lo alto que terminó con la petición que hubo para que se indultara al animal.

Fue como escuchar una sinfonía tras presenciar una tormenta que pareció no haber tenido principio ni fin. Fue el colofón de una tarde para la historia. La tarde en que Miguel Ángel Perera confirmó su alternativa y se consagró en México como gran figura del toreo. Tanto o más como ya lo es en España y en Francia.